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Marcarse un Gordillo

 

Marcarse un Gordillo

Hoy el SAT ha realizado un Flashmob en unos supermercados y el viral ha resultado un éxito.

Resumiendo muy mucho, los afiliados y/o simpatizantes de este sindicato,  es decir, unos 400 colegas,  han llenado una flota de  30 carritos con alimentos básicos de dos supermercados, Carrefour en Arcos de la Frontera (Cádiz)  y  Mercadona en Écija (Sevilla)   con la idea de llevárselos expropiados y entregarlos a un comedor social.

En Cádiz no lo consiguieron, pero en Sevilla sí. Allí  lograron sacar nueve carros de comida.

Entre los jornaleros de Écija se encontraba Juan Manuel Sánchez Gordillo, alcalde de Marinaleda y diputado de IU en Andalucía,  de ahí que alguno, que aún no se ha enterado bien del asunto, siga creyendo que Gordillo, en solitario y armado con un lanzamisiles, había atracado la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre.

En este país, a muy pocas cosas se les llama robar con tanta pasión como cuando un comunista roba comida.

Si alguien se marcha sin pagar de una terraza decimos que ha hecho un sinpa, si recorta servicios públicos decimos que ajusta y si manga los ahorros de sus clientes son cositas de los mercados.

Pero no hagamos demagogia con comparaciones absurdas, que esto es muy grave. Gravísimo. Puede sentar un precedente de repercusiones imprevisibles,  la gente querrá comer gratis cuando no tenga dinero ni trabajo y creerá que puede hacerlo, como si viviera en una sociedad con tripas.

El caos puede desatarse en cualquier gran superficie si un cliente grita ¡Gordillo! cuando le pasen la cuenta.

Y también es peligroso porque es posible que el que debe velar por la paz social decida colocar retenes de antidisturbios en los supermercados para que todo sospechoso de pasar hambre pueda ser acusado de terrorismo e inmovilizado y detenido en la línea de cajas.

 
   

Socializar alimentos sin violencia, así lo definen, es mucho más que una frase de homenaje a las colectivizaciones de antaño. Es una réplica mordaz y brillante a la neolengua tan de moda estos días.

Y sólo por eso, ya ha sido un éxito, porque por encima de detalles legales, fobias políticas y manías persecutorias, por unas horas se ha hablado de esa gente que necesita alimentos sin tener que verlos sentados en una esquina, retratados en la típica estampa sensiblera de la mendicidad, de la que ya estamos inmunizados.

De esa gente que cuando ya no tiene nada, deja de existir.

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