Odio

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Odio. Viñeta del 12 de septiembre de 2021 en CTXT

Interior creará grupos de delitos de odio dentro de las unidades de información de la Policía Nacional y de la Guardia Civil.

Se trata de una de las medidas aprobadas en la Comisión de Seguimiento del Plan de Acción de Lucha contra los Delitos de Odio.

Según Interior , «este nuevo plan establecerá ocho líneas de acción prioritarias e introducirá nuevas medidas complementarias al primer plan aprobado en marzo de 2019, vigente hasta 2021, que dotaba de instrumentos a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado ante los delitos e incidentes de odio, con un crecimiento constante en torno al 9 por ciento anual desde 2014».

Cada vez que se habla de delitos de odio volvemos a los debates circulares y se reproducen las mismas discusiones, muchas de ellas de ellas embarradas en lo ambiguo por su definición legal.

No se puede negar que si de algo vamos bien servidos es de odio. Más bien de odios, porque la carta de variantes y formas de expresarlos y propagarlos es extensa.

Odio

Lo realmente complicado es acotar esos supuestos delitos para establecer los que lo son y los que no cuando se entra en el infinito mundo de la interpretación de las leyes. Compadezco a los profesionales (a algunos) de lo jurídico que tengan que encargarse de definir esos delitos.

Esta semana, muchos medios han enfocado esta vaina de los delitos de odio poniendo mucho acento en «las redes» y contribuyendo a alimentar la sensación de que cualquier sandez que opine un desubicado aislado o un chiste del humor más negro en Tuiter está a la altura de la actividad de los grandes grupos organizados de odiadores profesionales.

Mucho me temo que al final se terminarán castigando casi de la misma forma los deseos chungos, sentimientos retorcidos o crueles y opiniones molestas pero legítimas, en lugar de los delitos propiamente dichos. Se supone que lo que hay que demostrar es que esos mensajes de mierda, más allá de las heridas en los sentimientos, han provocado el delito en sí o fueron creados con la única intención de incitar a que se cometieran.

Un ejemplo de manual que suele caer cuando se habla de esto, amén del clásico imbatible alimentado por la propaganda nazi, es el del genocido de Ruanda de 1994 como muestra perfecta de como la deshumanización sistemática de un colectivo puede derivar en una masacre, llegando incluso a convencer a muchos de que era algo inevitable y necesario.

 
   

Pero para que esto suceda deben existir poderosos cómplices que, sin ser los culpables, contribuyan a dejar que pase mirando hacia otro lado para evitar cualquier intervención.

Eso fue lo que hizo básicamente la comunidad internacional en el caso de Ruanda, llegaron al punto de negarse a pronunciar la palabra «genocidio» para poder saltarse la obligación de intervenir después de que los franceses escenificaran un paripé propagandístico enviando una foto con los tutsis que habían sobrevivido a la escabechina y asegurando que lo tenían todo bajo control, que todo estaba de puta madre en Ruanda.

Me parece cojonudo y necesario que sepamos interpretar las señales que plantan los propagadores de odio sin perder de vista que bajar el listón demasiado puede llevarnos a otro escenario, también peligroso, que termine capando el ejercicio de nuestros derechos. Ahí tienen la infame ley mordaza, que se escribió bajo la promesa de «la seguridad ciudadana» y se puede seguir aplicando para lo contrario.

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