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Un cerebro no tiene precio

 

36.000 euracos que tendrá que soltar Federico al estado, que no a Gallardón, por un delito de injurias graves con publicidad.

Federico ya no puede controlar su lengua, ya es tarde, sabe de sobra que una vez asumido el personaje y cultivado el carrete chusma ya no hay vuelta atrás, es un producto de sí mismo. Quizás si admitiera que es un humorista, con suerte, le saldrían los chistes más baratos.

Pero sus «gracias» van más allá de lo legal y suele disfrutar con persecuciones gratuitas llevándolas al terreno personal. No tiene inconveniente en hacer chuflas sobre el aspecto físico de las personas o en acusar de lo que le parezca a quién le parezca a la vez que hace gárgaras con sus peores babas.

El pedante escupe-micros seguro se pondrá muy feliz sabiendo que no ha de pagar a Gallardón esos euros, los administrará el gobierno.

La Cope ya se ha subido al púlpito para decir que seguirá defendiendo la libertad de expresión de Federico y coinciden en llamar «críticas a un político» a la batería de insultos que suelta de buena mañana.

Hoy mientras volvía a casa me encontré una vez más con esta otra «libertad de expresión» anónima, que lleva mucho tiempo en esa pared.

No se porqué extraña razón me recordó un poco a la línea editorial de la emisora de los obispos.

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