
Me crié en un barrio en el que llegar al colegio era toda una expedición por la jungla, lo más leve que nos podía suceder era perder la calderilla para las chucherías o el bocata y en el peor de los casos llevarnos una buena manta hostias.
Si alguien se ensañaba con un canijo o alguien de menos edad siempre se le solía tachar de loco y se intervenía, no recuerdo ninguna paliza que acabara en el suelo con el pisoteo seco de la cabeza del que iba "perdiendo"
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