De repente, un apero

 

De repente, un apero

 

«El apero» es la forma coloquial de denominar a la caseta para guardar los aperos de labranza.

Estas construcciones rurales están obligadas a cumplir una serie de especificaciones que suelen contemplarse en el PGOU (Plan General de Ordenación Urbana) de cada localidad aunque quién finalmente aprueba, o no, su construcción es el gobiermo autonómico.

España está llena de estas casetas, que en adelante llamaré apero, lo que en principio podemos imaginar como un cuartucho para guardar cuatro trastos, como unos sacos y una pala se han convertido, por tradición «consentida», en viviendas habitables llegando algunas a la categoría de mansiones con piscina.

 

De repente, un apero

 

Según algunos datos de 2008, para empezar a pensar, en la comarca de la Axarquía (Málaga) se estimaba que alrededor de 21.000 viviendas ilegales se habían construído por el método del «apero» en los últimos 20 años, estas cifras son superadas de largo en otras zonas urbanizando grandes extensiones de suelo rústico no urbanizable sin protección y creando un paisaje cuando menos curioso.

Viviendo en un apero

He pasado este fin de semana en un apero, pero no en uno de esos «enriquecidos» convertido en vivienda con apariencia de villa señorial.  Toda carencia estaba justificada por la compañía de los amigos.

La primera sensación, pasada una hora, es de desconexión natural, que aunque no es total,  transforma cualquier rutina habitual es un sucedáneo cutre.  No hay luz en «tarifa plana» , ni teléfono fijo, ni ADSL, no llega el correo postal, ni el camión del butano,  los contenedores de basura están en el quinto carajo y nada de televisión…cojonudo.

Un nuevo mecanismo se dispara, que no me falte esto y lo otro, hay que comprar aquello, racionar lo otro. La primera preocupación es el  inventario de viveres y vicios varios para viajar al pueblo más cercano y reponerlo.

Ya de vuelta, y en apenas  dos horas recibes la llamada silenciosa  de la selva que te obliga a apagar el teléfono olvidándote del gallinero de internet y toda discusión sobre asuntos internacionales se reduce a lo que sucede en un par de hectáreas al raso y 25 metros bajo techo compartido con algunos animales domésticos de plantilla y otros de visita interesada.

 

De repente, un apero

 

Sin instalación eléctrica al uso, sus moradores habituales, humildes ciudadanos,  solo encienden la luz que obtienen de  un ruidoso generador de gasoil. Pero sólo durante unas horas al día para poder cocinar de noche y alguna que otra actividad de primera necesidad que requiere poder ver lo que se manipula.

Los alimentos se conservan en una caseta de metal que encierra una nevera alimentada a butano. Antes de la llegada del mediodía te sorprendes liado con cualquier actividad inesperada.

 

De repente, un apero

 

Un montón de cosas que consideramos importantes pasan a ser gilipolleces, y viceversa. Enseguida terminas mimetizado con el decorado, andando descalzo y viendo normal mear entre el follaje si te pilla desplazado por la finca. Resulta sorprendente la influencia que ejerce el entorno para el asilvestramiento.

Volver a comerse un tomate de verdad o plantearte hacer una incursión al huerto de un vecino para hurtar dos limones que huelen y saben a limón son alguna de las miles de cosas que se te van ocurriendo, en el apero el tiempo se vuelve denso. Como si de cada dos horas que pasan, una se empeñara en retrasarse.

Tras comer y beber y una sesión de sobremesa reconfortantemente eterna, la actividad principal pasa a ser la comunicación, los que no sucumben al ataque de la modorra,  divagan sobre cualquier cosa.

Se proponen soluciones para el avituallamiento o mejoras en la habitabilidad de apero, el tiempo de hoy comparado con el de ayer, la niebla aquella, comparar las casas que inundan el nuevo salvapantallas natural que se abre frente a la mesa, de un sendero que se ve allá a lo lejos puede salir una charla de una hora.

La creatividad se oxigena hasta alcanzar sus máximos.

Mil cosas que hace apenas unas horas eran absolutamente nada, ahora son el orden del día para el debate urgente,  debate del estado del apero.

 

De repente, un apero

 

Otra de las cosas que notas enseguida, es que vivir en un apero es un verdadero experimento sociológico. Yo aquella basura de concurso del chalezaco de Guadalix.  Aquí el roce es verdadero, tanto por espacio como por necesidad. Descubres que puedes pasar unos días tranquilos y curativos o infernales dependiendo de con quién debas compartirlos.

Luces, acción

A medida que va anocheciendo, puedes pensar que estás más expuesto, que todo está abierto. Que una banda de  ladrones criminales puede asaltar la propiedad y dejar a  Charles Manson y su peña en ridículo. Pronto te convences de que si no ves a nadie durante el día, a muchos menos vas a ver durante la noche.

Aquí los únicos que atacan son los agentes meteorológicos,  mosquitos, arañas y otros insectos que nunca ves pero que te dejan una marca de cortesía en cualquier parte del cuerpo.

 

De repente, un apero

 

La cena es el inicio de la sesión de contemplación de estrellas. La banda sonora es el  ruido de fondo del cohete de alguna verbena. El sonido del petardillo se mezcla con el eco de la música de una fiesta diecisiete fanegas cuadradas más allá. Parece que la noche amenaza con fiesta larga.

Pero no, el campo te agota, hagas algo o no, es casi imposible trasnochar.

El atracón en sesión continua y un par de copas y risas escuchando cualquier emisora de radio, que tenga solo música. Este transistor  suena a cascajo. Con eso basta para que la madrugada termine pronto. Los colonos del apero van cayendo en sus tiendas, sacos, sillones plegables o cualquier cuadrulo de dormir.

 

De repente, un apero

 

Si no tiene un amigo con apero, busque algo que se le parezca y ocúpelo de vez en cuando durante unos días. Es una buena lección para aprender a relativizar  esos  problemas y posesiones absurdas por las que peleamos, la mayoría de veces, como idiotas.

Y desde hoy, soy defensor del aperismo.

De repente, un apero

 


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19 comentarios en «De repente, un apero»

  1. Me ha encantado Ramón, he estado este verano en muchos «aperos», aunque no tan naturales y he disfrutado como una perra del campo, cuántas escapadas nos hacen falta para recuperarnos como personas-animales que somos…

  2. Buenas historia de los cuartos aperos, como los llamamos por Canarias, que se han convertido en segundas casas chaleses, como nos cuentas.

    Por supuesto quién la tenga como única vivienda, ya es un logro hoy en día, lo otro ya depende si es por el presumir o por darte el capricho, por lo currado.

    Siempre has sido un romántico, lo sabemos algunos que no tenemos que presumir de tú amistad :) .Eso es vida y no lo que tenemos ahora boberías, todo se pierde en lo material, y sin conexión a internet, nos sentimos, que no somos nadie y no tiene cabida el ombliguismo gurusito en la red.

    Saludos JRs :)

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