El voto triste

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El voto triste

 

Viñeta en lainformación de 26 de marzo que ha batido marcas de rule.

La campaña de las elecciones de Andalucía, por infantil y simplista, ha sido una de las más sucias que recuerdo.

En realidad todo debate interesante se ha producido después de conocer los resultados, los dos partidos que se creen mayoritarios han pedido el voto con argumentos de política de garrafa y han difundido sus mantras como los grupos que repiten idénticos repertorios y  mismas coreografías en cada concierto de su gira.

La misión principal de esos ambos, con la inestimable ayuda de los medios, y las imposiciones informativas de la junta electoral ha sido convencer a la opinión pública de que no hay vida fuera de sus colores,  han basado sus estrategias en perpetuar su duelo intentando pintar el demonio en la figura del otro.

Así el PP ha paseado el paro, los ERES y la coca del chófer, en su cruzada de asociación de socialistas y corrupción, mientras que el PSOE hacía casi lo propio a la vez que presentaba a un Griñán casto y puro protector de derechos y salvaguarda de las pensiones de los abuelitos andaluces. Todo un clásico electoral.

El voto triste

Griñán promete a yaya que no dejará que Arenas lapide su pensión en el solarium.

Javier Arenas, creyéndose sobrado de encuestas y sueños húmedos de absolutas, se permitió la chulería de saltarse el debate en la tele pública,  a la que su partido ha dedicado una de las persecuciones más barriobajeras.

Promesas al siroco que han repartido esforzándose sólo en presentar al otro partido como el malo verdadero.

 
   

El voto triste

Anverso y reverso de un panfleto electoral del PSOE, maquetado para tontos

¿Cómo votar por partidos que compiten en un triste concurso de lanzamiento de corrupciones?

Soy de los que siempre voto, no he dejado pasar ni una. Incluso en alguna que otra ocasión di mi voto a partidos que recibieron un sólo voto en la mesa donde me tocó soltarlo y nunca he tenido esa sensación  de haberlo «tirado».

Pero admito que, desde hace tiempo, esto que votar no me excita. No me hace sentir el orgasmo ese de la fiesta de la plena ciudadanía de la que hablan. Es por esto que no me sorprenden las cifras de la abstención, pero sí la ausencia del un debate necesario  sobre la fuga masiva de votantes.

Quizá lo positivo sea que una gradual dispersión de esos votos muertos acabe en un futuro con el monopolio de ese juego a dos.

El voto triste

Hay muchos que argumentan que tras los que piden la abstención se esconden discursos totalitarios, incluso fascistas y peligrosos, incluso se dijo esto mismo de los que apoyaron la filosofía #nolesvotes, intoxicando la idea para convertirla en lo que nunca fue ya que jamás se pidió la abstención.

Pero siempre he ido mucho más allá de pedir que no se haga algo, siempre creo que se puede hacer mucho más. Votar, sí, pero más y mejor y sobre todo con más garantías de una verdadera utilidad de esos votos. Pero las consultas ciudadanas están en paradero desconocido.

Votar una sola vez es de tristes, muchas cosas cambian en  muy poco y cuatro años nos parece un ciclo, se nos antoja demasiado tiempo,  pero no lo es,  y las políticas continuistas lo empeoran todo aún más dándonos una falsa sensación de cambios.

Para empezar votaría desde el programa electoral, que deberían poder redactar los ciudadanos afines a ese partido y no departamentos de publicidad ideologizadora, hasta la lista de personas que deben administrar los recursos.

 
   

Ahora votamos programas con redacciones de colegio, con promesas huecas, con contrapromesas imposibles, los programas siempre proclaman el qué, pero nunca hay información detallada sobre el cómo.

SMP, (salario mínimo político).

El siguiente voto sería sobre sus sueldos, si están a mi servicio debo ser yo el que decida su sueldo, por contra, uno de los primeros actos que  celebran es para fijar sus sueldos sin consulta alguna. Eso ya tiene una carga gorda de simbolismo.

El voto triste
Dejaría de llamar ganadores y gobernantes a los que consigan más votos y perdedores u oposición a los que no consigan los suficientes, pasarían a llamarse administradores y fiscales respectivamente, los primeros empleados deberían ser fiscalizados por los segundos y todos ellos por los votantes.

Puede que un simple cambio de nombre se pueda antojar un absurdo, pero terminar con esa jerarquía rimbombante es gratis y bastaría para empezar a acercar la figura del político a la del ciudadano común.

Votaría si quiero o no que una empresa contaminante o explotadora se instale en mi ciudad, región o país, a dos vueltas si hace falta. Votaría a los jueces y votaría para que ellos legislaran sin injerencias políticas y luego votaría todo lo que legislaran.

Votaría si otorgo o no competencias para que un cualquiera pueda  hurgar en aspectos tan personales y privados como la religión, la familia o el sexo. Votaría para poder acabar con privilegios heredados, por muy reales que digan que son y por poder recuperar todos aquellos derechos perdidos.

Votaría tantas cosas y veces como fuera necesario y votaría también para que el voto valiera lo mismo allí que allá y seguiría votando una larga lista de asuntos que ahora se despachan a golpe del rodillo de unos pocos.

Pero esto es un fururku y puede que, llegados a este párrafo, ya no haya nadie leyendo aquí.

Votamos poco y mal, nos negamos a probar otras opciones acosados por discursos de miedo, prejuicios y sectarismos. Nos dejamos llevar y le otorgamos al estado la figura de padre y nos desahogamos con la queja al viento y el grito y el cabreo como último recurso.

Nos hemos rendido a que lo que nos parece mal deber seguir estando mal solo porque siempre fue así, huimos de la política por cansancio o simplemente delegamos por defecto, que gobiernen otros, y eso de la participación ciudadana ya nos cansa sólo de oirlo.

Un día nacerán microeconomías de barrio, puede que de pueblo o ciudad, autogestión colectiva natural, nuevos y más humanos planteamientos.

Vivimos tempos tristes,  tiempos en el que cualquiera que proponga cambios verdaderos asusta, eso cuando no te advierten que querer ensayar otros modelos de sociedad es  atacar al estado de derecho

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6 comentarios en «El voto triste»

  1. el problema principal, y ellos lo saben, es que nos han separado tanto sin darnos ni cuenta que no nos pondremos de acuerdo jamas. y eso es la base de todo. ahora que gobierna el pp, los «odiantes» de éste piden cambios. cuando gobernaba el PSOE, eran los «odiantes» de éstos los que gritaban enfadados. no nos engañemos… el poder sigue estando en el pueblo, pero la culpa es nuestra y la idiotez humana no tiene límites… cuando nos la meten sin vaselina, depende quien nos la meta, a veces parece gustarnos…

  2. Totalmente de acuerdo, votamos poco y mal. O mal y, por eso, poco. Creo que tenemos un concepto feudal del gobierno, está ahí, no se sabe por mano de quién, y sólo podemos intentar que nos toque el menos malo. Votamos cada cuatro años con FE, no con decisión. Cuando comprendamos que el gobierno es una cosa nuestra, que nosotros lo inventamos como herramienta para organizarnos y administrarnos, y para que nos SIRVA, entonces se votará como tú dices. La ciudadanía no dará un cheque en blanco a ningún partido para que haga lo que les rote durante cuatro años. La ciudadanía tomará las riendas y el gobierno será controlado por ella. De momento es el gobierno quien controla a la ciudadanía, es la herramienta quien dice a la mano lo que ha de hacer y le hemos dado tanto poder a la herramienta que ya pensamos que la ha creado dios, o dios sabe quién, y pensamos que si la herramienta no nos dirige estamos perdidos. Nadie ha propuesto recuperar la herramienta y ponerla de nuevo al servicio de la ciudadanía, por eso yo ne he votado a nadie. Aun así no delego, propongo, como tú, la verdadera participación ciudadana, no esta farsa que son las elecciones a ejecutor de unos intereses que no son los nuestros.

  3. La abstencion para bien o para mal no influye en la reparticion de escaños, que son siempre al 100%, independientemente de la participación ciudadana. Algo parecido a los votos marginales (es decir a los que no se les imputa representacion) que pasan a engrosas las listas más votadas. A más variedad de partidos más votos márginales. Una solucion sería presentar plataformas con las opciones más afines, que provocarían necesariamente la ruptura del bipartidismo, que es lo que esta en juego.
    Me parece muy interesante la propuesta del simpa (SMP), que sería de un político que no pudiera manipular su suldo, pasaría directamente a engrosar la lista del «funcionariado contratado», en éste caso con más privilegios que los de carrera, puesto que no ha sido elegido a dedo sino por unas elecciones. La profesion de político se devaluaria tanto que posiblemente recurrirían al censo electoral por circunscriciones, si la de uno corresponde al PP, te podrían obligar a presentarte, por dicho partido..y eso seria gravíisísimo.
    Como me estoy extendiendo demasiado y temo que refresque el texto y me la joda. Estoy de acuerdo en todo votamos poco y mal.

  4. Me gusta un mundo esta frase: «… esto es un fururku y puede que, llegados a este párrafo, ya no haya nadie leyendo aquí.» Es un texto muuu sesudo.

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