La noche de los ministros vivientes

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La noche de los ministros vivientes

 

Anoche salí de casa muy preocupado, ya que tuve que suspender una partida de Call Of Duty en la Play que me produjo cierto desaosiego pensando que había dejado tantos nazis por matar y que a la vuelta seguro  habrían invadido la casa y muy probablemente el barrio, si no la ciudad.

Tras la cena familiar, como cada año exagerada, con campanadas y un «caveo» de emergencia para poder soportar el tener que ver a Nena daconte y Carlos Baute cantando simultáneamente en todos los canales de televisión ya de camino a una fiestuki de colegas, me encontré con una escena aterradora.

Al llegar a una plaza empezamos a divisar un muro azul. A medida que nos acercamos comprobé que se trataba de un ejército de tíos enchaquetados. Todos con un traje azul, con su corbata puesta, todos iguales. Parecía una convención de clics de Famobil Nochevieja. Todos con el mismo peinado.

Miles de ministros vientes allí reunidos en el tontódromo de la quedada.

Enseguida supe que esa noche es ideal para cometer cualquier acto terrorista. O entrar en cualquier fiesta y vender todo tipo de droNjas sin problemas. Bastaba con embutirse el traje de ministro y camuflarse entre la piara de lo azul.

Hasta Nanysex pasaría desapercibido en el cotillón.

Cualquier chusma que esta noche se desprenda de toda la metralla de piercing de la jeta y sustituya la indumentaria cani por el traje de ministro viviente y se engomine la corteza puede frotar berenjena contra cualquier niña bien, mal o regular haciéndose el bailón.

Lo que no tengo tan claro es si mimetizarse con este disfraz reglamentario de ministro de la fiesta sea garantía alguna de poder negociar un coito amistoso con cualquiera de las mozas de carnes al fresco y velos purpurínicos. Por muy borrachas que las encuentres.

Quizá los mejores repeinados o con más litros de Brummel por milímetro cuadrado de epidermis crean tener más posibilidades de culminar el acto de la follasca antes de las 7 de la mañana, pero la verdad es que dudo mucho de que las jamonas de las lentejuelas se dejen llevar por estos estímulos.

 
   

Al pasar entre la ministrada viviente noté que algunos nos miraron y se estiraron el traje, se sacudieron la caspa del hombro y pusieron una cara que sólo entendieron ellos.

La nochevieja pasó, también una gran parte del primer día del año y me he levantado otra vez casi de noche.

Tras una casi cena leve de supervivencia he vuelto a encender la Play, no es cosa de darle tanta ventaja los alemanes. Al arrancar  la partida guardada de Call of Duty del día anterior fui consciente de la dimensión de mi resaca.

Los nazis no sólo habían invadido Zamora sino que todos vestían el puto traje azul y llevaban el casco engominao.

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6 comentarios en «La noche de los ministros vivientes»

  1. Lo del traje nunca lo he entendido, hasta los más imberbes parecen viejos, pero se agradece mucho el efecto verano en las titis

  2. El traje es etiqueta y elegancia, además no todos los trajes son iguales y la nochevieja es una noche para salir vestido decentemente no como un okupa piojoso

  3. Este año he salido con una chaqueta de seda sin nada debajo y una pajarita, que este pechazo hay que lucirlo

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