Sueño prefabricado

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Sueño prefabricado. Viñeta de la semana en euribor-blog

 

Me vino a la memoria una antigua conversación en un bar con un candidato a alcalde. Recuerdo sólo una de sus reflexiones pronunciada en un tono humano. Casi convincente. «Los políticos perdemos la perspectiva de la realidad, de la calle».

No muchos meses después terminó asomado al balcón de la alcaldía diciendo que los de aquella protesta que se había convocado a las puertas del ayuntamiento eran cuatro gatos, que no representaban el sentir del pueblo.

Y siempre es así, los elegidos creen legítimo que su discurso sea el único por gracia de los votos, sin más discusión ni matiz. Y con eso basta para monopolizar los canales de comunicación tirando de ese guión único. Siempre con la complicidad de comisarios políticos bien situados en distintos medios.

Enterrar la discrepancia, construir un discurso apelando al sentimiento de país, forzar el apoyo sin reservas como única opción racional. Y si es necesario, falsear toda realidad paralela. Gran parte de este trabajo de evangelización y moldeado de los deseos también lo hace una opinión pública polarizada para todo, pero simplista con los sentimientos.

En su mundo imaginario de quitacaspas que se mueve entre círculos donde se aprietan manos con sonrisas protocolarias no hay hueco para la crítica, la crítica es queja, destruye. Es declaración abierta de enemistad y traición. De plebe inculta. El que manda tiene la autoridad moral en exclusiva para toda su legislatura.

A base de repetir que «Tol mundo» quiere lo que ellos dicen que quieren, se inventan inmensas mayorías que pueden pasar del 91% al 94% en un par de minutos, sin que sea necesario documentar nada.

Y así es como el deporte, gracias a su escaparate de masas, fue convertido hace siglos en un burdo macroanuncio de confianza de pega. Un icono falso, un intangible único del éxito como sociedad, un placebo de aplausos, trofeos y medallas. Nada insufla más fuerza y confianza que tocar  la patata a la población.

Había que injertar el sueño olímpico a la fuerza, escondiendo las pesadillas.

 
   

Una sociedad acomplejada que repite que hay que «poner a la ciudad en el mapa», como si no existiéramos. Porque en los mapas no se ve lo feo, sólo el nombre del país, ciudad o pueblo. Y por encima de todo, los héroes nacionales y sus mentores a los que vitorear.

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